En esta dura experiencia que es la pérdida de un ser querido, que a casi todos nos toca pasar, pero a algunos de forma más inesperada y difícil, hay muchos síntomas externos que todo el mundo puede ver a simple vista y que dan una idea de cómo se lleva el duelo. La evolución de estos aspectos de cada persona permite comprobar cómo se está superando y a qué velocidad. Hablo de llantos, insomnio, pérdidas de peso, cambios de carácter, depresión… todo lo que popularmente se conoce.

Pero hay cosas que no se pueden ver, que están muy dentro de nosotros y que nadie puede imaginar que siguen ahí después de mucho tiempo, y menos que muchas veces luchamos contra ello sin dar muestras apenas de sufrimiento, como si aquella pérdida no nos hubiera dejado ni una huella.

Después de que desaparecen los signos externos, y sobre todo después del paso del tiempo, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo y en general toda la gente que nos rodea, empiezan a pensar que todo va bien de nuevo, que hemos recuperado la vida otra vez y que ya está superado. Como si hubiera sido unas carreras de obstáculos, y una vez saltadas todas las vallas y llegado a la meta, ya no importara cómo se alcanzó, porque nos olvidamos de lo difícil que fue. O como si de alguna manera hubiéramos aceptado que la vida es así, hubiéramos dejado de luchar y nos hubiéramos resignado sin más.

Nosotros sabemos que no es así exactamente. Para empezar, no creo que se pueda decir que el duelo tenga un final; estamos seguros de que tiene un principio, pero muchos sentimos que el final nunca llega. Y en cierta manera se puede estar en duelo el resto de la vida, porque doler a un ser querido no es más que la consecuencia de haber amado, cosa que nunca dejaremos de hacer.

En este duelo que no tiene final, llega un momento en el que lloramos solos, porque ya nadie nos acompaña cuando de repente vuelven los recuerdos del ayer, como si no hubiera pasado el tiempo. Porque nadie está ahí al despertar de un sueño en el que nada había ocurrido. Porque nadie siente nuestra impotencia ni ve nuestros corazones rotos de dolor por la añoranza de nuestro ser querido. Eso sigue ahí sin duda, siempre, un día tras otro. Y no se va a ir por mucho que los demás piensen que ya ha pasado suficiente tiempo. El tiempo no borra los recuerdos y estos son a veces armas de doble filo, que rememoran los momentos felices pero a la vez traen al presente el dolor de lo que no pudo ser.

Como algo inherente a nuestra personalidad, la pérdida de un ser querido marca a las personas de tal manera que se vuelve parte de nosotros. Por eso, aunque estoy segura de que de alguna manera volveremos a disfrutar de la vida, nunca vamos a olvidar a las personas que se fueron, nunca pararemos de llorar por ellos, nunca dejaremos de maldecir a la vida por habérnoslos arrebatado tan pronto…

Nuestra desdicha nos acompañará siempre y quizá siempre será demasiado pronto para decir que ya lo hemos superado.

Xavier Muñoz

sentirlavida.com

One comment on “Lo que los demás no ven – X. Muñoz

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