El profundo dolor de la pérdida de un hijo nos afecta a los padres siempre, ya que un hijo es parte de uno mismo, sin importar cuánto tiempo haya transcurrido o cuántos hijos más tengamos. La herida es honda y duradera cuando un infortunio como ese llega a nuestras vidas. La muerte de un hijo es más traumática que cualquier otra muerte, por que un niño es la última persona de la familia que se espera ver morir. Su muerte representa la pérdida de futuros sueños y experiencias de los que no se ha disfrutado.

 Diariamente ocurren en el mundo miles de tragedias que afectan a las familias, pero sin duda la muerte de un hijo es un hecho aterrador frente al cual los padres de cualquier punto de la tierra van a reaccionar de la misma forma: “¡No puede ser!”, “¡No lo puedo creer!”. ¿Es posible que ese mundo, que de pronto se hizo sombrío, vuelva a ser luminoso?, ¿Puede ese manto vacío que es la muerte y la oscuridad dar paso a la esperanza?. Si, porque a pesar de lo duro, de lo áspero que sea el camino, y a pesar de que recorrerlo nos lleve a sufrir más, podemos continuar.

 Nuestra única meta es el camino, es volver a empezar aunque nos ahogue el cansancio, aunque la ilusión se apague, aunque el dolor nos queme por dentro. A través del sufrimiento pasamos por una nueva escuela de vida, aprendemos a amar. Descubrimos que hay otros dolores, otros sufrimientos, aprendemos a dar, a respetar el dolor del otro, a ser más abiertos, más delicados, más humildes, más libres, más tolerantes y menos omnipotentes ante la vida. Del dolor saldremos fortalecidos como personas y seres humanos. Continuar es nuestra única opción, pero de nosotros depende el camino que tomemos. Podemos encerrarnos en el dolor o romper el cascarón y salir. Podemos convertir la piedra que cargamos en escultura o arrastrarla intacta.

 Al escribir estas palabras viene a mi memoria algo que leí en uno de los libros de Anthony de Mello y que me ayudó mucho a entender lo peligroso que es quedarse “dentro” de nuestro dolor:

 “El Maestro le preguntó al discípulo:

¿Por qué no te acercas al borde del río?

Por que tengo miedo de caerme al agua y ahogarme.

Respondió.

Nadie se ahoga por caer al agua. Lo que te ahoga es quedarte dentro – dijo el Maestro”.

En este diálogo se encierra una gran verdad: abandonarse en el dolor hará que nuestra herida quede abierta para siempre.

 Aprender a vivir con la pena y el dolor es nuestra meta, así como encontrarle un sentido al sufrimiento, lo que requiere tiempo, fortaleza, voluntad y personas que nos acompañen y compren dan. El camino es largo, pero si damos la batalla nos encontraremos a mitad de camino de nuestra recuperación. Nuestros hijos muertos nos ofrecen la posibilidad de acceder a un mundo nuevo y a una vida nueva. Ellos son nuestros Maestros y a través de ellos podremos liberarnos de nuestras  “programaciones”, de nuestras ataduras, de nuestros egoísmos, para renacer con la mirada abierta y con el corazón atento a los que sufren, a los débiles, a los que lloran.

 Vivir con esperanza es posible. Para lograrlo existen ciertas claves que pueden ayudarnos en nuestro proceso de recuperación, así como también hay factores que contribuyen a que el dolor dure más.

(Extraído de “Un hijo no puede morir – Susana Roccataglilata”)

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