Me faltó tiempo. Me faltó abrir un poco más los ojos. Me sobró ver demasiada televisión. Supongo que, de haberlo sabido antes, sólo un poco antes, me habría tomado menos molestias en tratar de entender cómo se relacionaban los números entre sí. Entender las ecuaciones, los logaritmos, la geometría. No me gustaban las matemáticas. De alguna forma, y muy levemente, intuía que en la vida las cosas no responderían a normas tan exactas y precisas. Que sumar no siempre era conseguir algo mayor. Que incluso restar podía llevar a la abundancia. Pero yo veía demasiada televisión y me creía que el mundo era como lo contaban los periódicos y lo contaba la gente.

Me faltó tiempo, y me faltó pensar. También me faltó gritar. Gritar cuando algo me dolía en la piel y en los ojos. Quizás, si lo hubiera hecho más a menudo, no me perturbaría el silencio con el que muchas veces me enfrento a las cosas que creo que no puedo cambiar. Con el silencio que me enfrento, en un semáforo, a un hombre descalzo, sucio y triste que, al otro lado del cristal, me pide una moneda para comer. Silencio.

 Me faltó tiempo para cambiar el mundo. Veía demasiada televisión. Ahora no lo hago, pero la vida está llena de ínfimas y ruidosas situaciones que desvían la mirada de lo esencial y agotan los ánimos. Se estropea el móvil, una cola en el supermercado, un cobro de más en la factura, un virus en el ordenador.

 Me faltó tiempo para entender lo importante y para desaprender. Desaprender las matemáticas que nunca aprendí del todo, desaprender que no es de señoritas el gritar. Que el mundo no siempre es lo que cuentan los periódicos, los profesores, la Iglesia, el Estado, los libros.

 Supongo que desaprender es vaciarse por dentro. Y cuando te vacías te llenas de ti. Y te das cuenta de que casi tan difícil como manejar el mundo exterior es manejar el propio, el interno. Que ahí también viven las buenas y las malas. Las pobres y las ricas. Que nadie puede hacerte tan feliz y tan desgraciada como tú misma y tus decisiones. Que todo depende de tus elecciones al distribuir la fuerza, a qué parte de ti le das el poder y a cuál se lo quitas.

 Te das cuenta de que vas a morir muchas veces antes de la definitiva, que tendrás que aprender a construir tus propios ataúdes para guardar todo lo que expira en ti y, cada cierto tiempo, ponerle flores a lo que fuiste. Para que descanse en paz, para que tus desaciertos no se conviertan en fantasmas errantes que se presenten a perturbar lo que eres y construyes cada día.

 Pero así como te mueres, vuelves a vivir. Y así como eres vulnerable, eres tremendamente poderosa. Me falta tiempo para recordarlo. Que si estoy aquí es porque he ganado todas las batallas. Incluso aquellas que, en el momento, parecían perdidas.

 No, no lo enseñan en el colegio ni en la universidad. Lo importante lo aprendes cuando desaprendes. Cuando gritas. Cuando no te rindes. Cuando te vuelves a levantar. Cuando no eres una señorita. Cuando eres consciente de que la mujer a la que estás dando vida hoy, será la que librará tus batallas mañana.

 (sé que lo copié de algún sitio hace mucho, y reconozco que no sé de donde lo hice. Pido disculpas)

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